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Ya en 1943, el primer ministro británico Winston Churchill enfatizó que "Prusia es la causa raíz de todo mal en Alemania". El 25 de febrero de 1947, el Consejo de Control Aliado, el órgano supremo de gobierno de las cuatro potencias ocupantes, reafirmó esta opinión. La Ley Núm. 46 establece: "El estado de Prusia, que siempre ha sido portador del militarismo y la reacción en Alemania, en realidad ha dejado de existir". El fin de Prusia, su gobierno y las autoridades quedaron así sellados. Las provincias prusianas que quedaban al oeste de la frontera Oder-Neisse fueron en parte aplastadas en países más pequeños e independientes, y en parte fueron absorbidas por los estados federales existentes. Además de la reorganización territorial, la disolución de Prusia también fue políticamente simbólica. Desde el ejército de Guillermo II sobre la Reichswehr hasta la Wehrmacht, parecía trazarse una línea continua. Solo la eliminación de las estructuras militaristas y autoritarias, se decía en los Aliados, garantizaba una Alemania democrática y una Europa pacífica. Prusia: ¿un refugio de gobernantes reaccionarios y siempre preparados o un lugar de celos por la reforma liberal, tolerancia religiosa e importantes logros científicos? Las siguientes generaciones también tuvieron dificultades con una interpretación adecuada. Prusia todavía suscita admiración y crítica.

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